UNA NUEVA TRAVESÍA

Era un lugar inhóspito, una invitación a no adentrarse en él embargaba el corazón más resuelto. Sin embargo, había que hacer un programa, y según nos habían informado, allí se hallaba el santo grial de la radio. Debíamos visitarlo, para que bendijese nuestro ánimo, ahora que tanta falta le hacía. Desde las influencias caribeñas del pirata, las intervenciones jocosas de Félix.com, los debates a múltiples bandas, Alejandro el Grande, la música carroñera, que diga, cañera, el suave jazz acompasado del conductor Acín. Y últimamente las digresiones jordianas que sacaban de quicio a propios y extraños, eran, en suma, la madeja con la que se tejía la mortal tela con la que se capturaba el ánimo de los oyentes, que serían devorados por el singular caos de las voces metálicas del estudio.

Me complace pensar, que no existe el concepto de culpa en nosotros, por si fuésemos molestos al oído, que lo hiciéramos desde la más tierna ingenuidad. De hecho, ser positivo es una mezcla, de ingenuidad e ignorancia, y nosotros estábamos en posesión de grandes cantidades. Con ellas o sin ellas, sembrábamos los latifundios de la banalidad, exorcizando de malas yerbas los campos hertzianos. Y es que, al abrigo de nuestra onda, crece o brota, un vergel de nenúfares que flotan en el aire, regalándonos hojas de vívidos colores, un sinfín de olores, a gominola, a caramelo, etc… Al fin, una lluvia de serpentinas que se revuelven hasta posarse en nuestras broncíneas armaduras, caballeros de honor sincero, que cabalgan de nuevo.

Ya el estudio se prende, con la música de entrada, es una nueva travesía, la que ya está montada.

SEGUNDO AUTORRETRATO

La verdad es que nunca he conocido a alguien como yo. Cejas prominentes de trazado bello, pupilas color café, párpados plácidos, pestañas rebeldes. Narizota que al final se suaviza mostrándose graciosa. Labios anchos, cortos y bien rosados. Abundante cabello en los laterales, ligera calva por la parte superior. Mofletes coloridos, barbilla faraónica. Espaldas anchas, brazos nudosos, cuádriceps de titanes y una saludable barriguita de paquidermo. De pies y manos pequeñas y delicadas, visto con la ropa de siempre, abusando de los pijamas, que son mi perdición.

Del exterior me han llovido hermosos calificativos: bala perdida, cabra loca, oveja negra, genio…loco. Este último es el que más se ajusta a mi personalidad, creo. Lo cierto es que tomo cierta medicación para equilibrar a mis neurotransmisores. Pero tranquilos, lo mío, son brotes pasajeros de una locura sana, que no daña a nadie, sino que más bien provoca la carcajada incontrolada del que me trata.

Mis coqueteos con la Literatura fueron precoces. Recuerdo que escribía y dibujaba con naturalidad hasta que un estudiante de Bellas Artes (mi primer crítico) me comunicó con mucha solemnidad la defunción de mi pretendida capacidad artística. En ese momento yo era un mico, y claro me entró la frustración. Solo años después cuando uno experimenta la mediocracia que nos rodea, esa marea contraria al arte, comienza a rebelarse. Y es ahí cuando se retoma la senda que nunca se debió abandonar.

Acudí a talleres presenciales, y me forjé ciertos hábitos, además de tener una gran capacidad lectora dada mi escasa vida social. Y es que prefería un libro casi a cualquier cosa, aunque poco a poco me fui domesticando en lo que Freud llamó El malestar en la cultura. Y abrí el libro de la vida, como diría Descartes, hasta que éste me transportó por un sinfín de vericuetos, de profesiones y diversos estudios, todo siempre inacabado o a medio hacer. Creo que soy bastante creativo, toco cualquier tema sin excesivo temor. Pero el estilo es posiblemente el que me delata, ya que siempre me rebelé contra la gramática y la ortografía en general. Digamos que he aprendido a tocar de oído, y para ser un mejor músico o un músico completo conviene controlar la herramienta de trabajo mediante partituras, esenciales por otro lado, para componer elegantes sinfonías.

AUTORRETRATO

Ubicó el lienzo observando de reojo su figura, en el espejo donde siempre se detenía. Hasta que un día pasó de largo para transformarse en un mueble más. Un ser cosificado, que tenía que cambiar de lugar cada fin de semana para sentir. Diferentes configuraciones para un mismo problema.

Hablar de mí es complicado. Digamos que he venido a este planeta para simbolizar la voluntad de otros que se alzan en la jerarquía divina, junto al trono del altísimo. Y es que el azar es una moneda baladí en los círculos en que me oculto. Ciertamente soy precavido, aunque con ustedes accedo a despojarme de este traje de huesos y carne, que anudan mi alma al mástil de la nave. Tiempo atrás caí ante la pujanza seductora de unas ideas que embriagaron mi mente, pero una buena terapia psicofarmacológica ha logrado corregir el problema.

Ahora el mueble ha desarrollado unas ruedas, que lo habilitan para trasladarse de una habitación a otra, permitiendo cierta libertad. Las lámparas lo observan a todas luces, perplejas. Los libros alborotan en los estantes, abriendo y cerrándose, aplaudiendo a rabiar. Entre ellos incluso organizan apuestas con los marca páginas. Los cajones escapan de su oscuridad, haciendo vibrar la ropa que estalla para hacer su ya conocido descenso de ventanas abiertas. Todo esto se resume en una palabra: revolución.

Entonces abro los ojos a un espectro borroso, me resulta familiar, es un auxiliar o un celador de la unidad de agudos del Hospital…  “Otra vez tú” me sonríe.